La revolución de la infraestructura

Por Juan Manuel Santos, Presidente de la República de Colombia
Cortesía Presidencia

En 2010, cuando comenzó este Gobierno, el estado de la infraestructura dejaba mucho que desear. La competitividad del país estaba afectada por la escasa cobertura en autopistas de doble calzada, la precariedad en la red de vías terciaras y el atraso en materia de aeropuertos e infraestructura portuaria. Esto afectaba por igual a empresarios, agricultores y a los ciudadanos que sufrían para viajar y recorrer el país.

Pero lo más grave era que el país no contaba con una institucionalidad capaz de planear, estructurar y garantizar que las obras se hicieran en los plazos y presupuestos establecidos y así superar décadas de retraso. Colombia no tenía la capacidad de hacer las obras de infraestructura que la pusieran al día con las exigencias de un sector productivo. Las noticias del sector eran sobre adiciones, prorrogas presupuestales, sobrecostos e incumplimientos y no sobre el efecto transformador que estas obras traerían para el país. Por ejemplo, un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD) de 2013 encontró que en Colombia todas las concesiones viales hechas entre 1993 y 2010 se habían renegociado por lo menos una vez, renegociaciones que significaron costos adicionales por 5.600 millones de dólares. Parecía una situación imposible de superar.

Ante esta realidad, nuestra primera prioridad fue ordenar la casa. Durante año y medio revisamos las necesidades de las empresas, las familias y regiones y diseñamos las herramientas que nos permitieran satisfacerlas. Creamos la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI), entidad que renovó la capacidad del Estado para emprender grandes proyectos de infraestructura y depuró las prácticas de contratación.

Con la ANI superamos las grandes deficiencias que teníamos en materia de planeación y estructuración de proyectos. Las adiciones, prorrogas y sobrecostos se convirtieron en la excepción y no en la regla. También eliminamos los anticipos a contratistas que tanto daño le hicieron a las finanzas del Estado e introdujimos pliegos tipo para evitar licitaciones amañadas. Además, pusimos en marcha las alianzas público-privadas para hacer más fácil la financiación de grandes obras de infraestructura.

Los resultados nos confirman que tomamos las decisiones correctas. En los últimos siete años La revolución de la infraestructura duplicamos la inversión pública en infraestructura de transporte y aceleramos el ritmo de construcción a cinco veces en comparación con períodos anteriores. En concreto, adjudicamos las vías de cuarta generación que suman 5.803 kilómetros y construimos 1.500 kilómetros de nuevas dobles calzadas. También hemos intervenido en más de 37 mil kilómetros de vías terciarias y en lo que queda de Gobierno, junto con alcaldías y gobernaciones, intervendremos 3 mil kilómetros más. Esta inversión es esencial para que el campo, durante años acosado por el conflicto, pueda ahora cosechar los frutos de la paz y salir adelante.

En materia de aeropuertos, El Dorado es hoy el primer aeropuerto de carga en toda América Latina y el tercero en flujo de pasajeros. Además, más de 50 aeropuertos del país hoy están modernizados o en proceso de modernización gracias a una inversión de 3,4 billones de pesos. También logramos importantes avances en materia portuaria. Actualmente, las terminales de Cartagena y Buenaventura son las más eficientes de Suramérica y reciben los buques de carga más grandes del mundo.

No ha sido fácil poner a Colombia en obra y actualizarlo en infraestructura, aún existen carreteras sin pavimentar y familias en veredas lejanas que tienen dificultades para sacar los productos que cosechan, pero hemos avanzado. Y será vital que este esfuerzo se prosiga en los próximos gobiernos.

Hoy los colombianos debemos sentirnos orgullosos porque con estas transformaciones sentamos las bases para construir un país más competitivo: las autopistas de cuarta generación reducirán los tiempos de viaje, los costos para los transportadores y están generando empleo; las aerolíneas y los hoteles ya se están beneficiando de las remodelaciones de nuestros aeropuertos, pues están llegando más turistas; a las zonas afectadas por el conflicto llegarán nuevas inversiones que reactivarán sus economías gracias a la construcción de vías terciarias. Y lo más importante: le estamos dejando a nuestros hijos un mejor lugar para vivir progresar.

Nada de esto pudo haberse logrado sin la ayuda del sector privado que le apostó, creyó que las cosas sí podían hacerse bien y que juntos podíamos conectar a todos los colombianos y a Colombia con el mundo.